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viernes, 5 de noviembre de 2010

UNA HISTORIA NO PARALELA

EL PROTAGONISTA DE ESTA HISTORIA DESEA CONSERVAR SU MUNDO PERFECTO CONFORMADO POR LAS PERSONAS QUE AMA. PARA ÉL, CONSERVAR SU MUNDO SERÁ LO PRIMORDIAL , PERO, ENTENDERÁ TARDE, QUE TODO AL FINAL, TIENE QUE LLEGAR A SU TÉRMINO.





Y cuando despertó,

el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso.





Trataba de vencer al tráfico, lo odiaba, y está vez lo odiaba más que otras veces por que le impedían dejarlo llegar hasta el hospital en donde se encontraba su abuela enferma— sabe Dios de que cosa—, en compañía apenas de su padre quien la había traído de inmediato cuando llegó a casa y vio al cuerpo frágil desparramado torpemente en el piso parquet de la sala. Esquivando autos a riesgo de sufrir un accidente, tratando de ganarle en tiempo a la luz del semáforo antes de que fuese a cambiar, pudo llegar a las tres y para entonces ya era demasiado tarde. El médico le dijo que sólo debía tener resignación, ella era ya muy avanzada en edad y su cuerpo no pudo resistir al colapso sufrido por la mañana.



Frederic vio en lo lejos a su padre aproximársele con los ojos llorosos, pero el dolor en su pecho estaba incrementando, el dolor en su cabeza, el dolor en sus ojos de tanto llorar por la mujer que había sido como su madre, su amiga, su razón de ser, el dolor iba en aumento y así el sufrimiento pudo más. Torpemente también, cayó al piso.



A la mañana siguiente el sol le daba en los ojos y el apabullante sonido del reloj de campana hicieron que despertara bruscamente del aterrador sueño. Se sentía fatigado, el corazón le latía muy fuerte como si quisiera salírsele del pecho. Bajó rápido las escaleras dirigiéndose hacia la cocina o la sala en busca de la abuela con la preocupación de saber si todo en realidad había sido un sueño, una terrorífica fantasía, y para su satisfacción, allí estaba, afortunadamente allí estaba como todos los días bien limpiando los muebles, bien limpiando el piso con su escoba, diciéndole que era demasiado tarde como para despertar.

Frederic se sintió el ser con más dicha y aprendió a valorar más la presencia de su abuelita quien se desvivía por él. Nunca le dio motivo alguno como para renegar. Cuando podía, al llegar de su empleo o de estudiar, le llevaba panecillos dulces y caramelos que mucho le gustaban. Su padre venía en las noches y raras veces hacía lo mismo que él, pero comprendía, su padre ganaba poco y tenía más obligaciones, aparte, con lo que le pagaban en la oficina y con lo que quedaba de pagar su pensión de estudios estaba bien como para mantenerle algunos caprichos a la abuela que se había desvelado tanto. Se sentía agradecido ya que si no hubiese sido por ella tal vez habría fallecido apenas de pequeño, a los pocos meses de que mamá lo hubiese abandonado a su merced. Recordaba también que para empeorar los males enfermó de asma pero ella siempre estaba allí con él, cuidándolo, llevándolo hacía el hospital central, madrugando en espera por un buen cupo con el mejor médico de turno para que lo pudiera atender. En realidad ella se había desvivido largo tiempo por una responsabilidad que no era ya suya pero que había noblemente deseado hacer. Sus panecillos, sus caramelos y hasta sus mejores actitudes, no bastaban para decirle lo mucho que se sentía agradecido, decirle lo mucho que la amaba y lo que la temía perder, decirle que todo lo que estaba haciendo era sólo por el hecho de hacerle sentir que su obra no había sido en vano y que él estaba surgiendo gracias a ella, por ella, a su apoyo, a su cariño. Ya estaba a pocos años de acabar la carrera y graduarse de licenciado en derecho, sólo quería que ella tuviera las fuerzas necesarias como para vencer el tiempo y así poder ver su obra.



Pasaron los años. El grado de licenciado yacía ya en sus manos, había empezado a ejercer, pasaron dos años más, Laurence entró a su vida. A su padre y a su abuela le cayeron muy bien, a esta última le recordaba a una prima suya muy bella que había muerto a consecuencia de la guerra civil en los años veinte. La abuela todavía seguía fuerte y como su nieto odiaba el tener que separarse de ella, aprovechando que la casa que tenían era medianamente grande, con la bendición de los padres de ella y los suyos, se casaron y se quedaron a vivir en su casa. Laurence se llevaba bien con la abuela y trataba de aprender lo máximo de los gustos aún no conocidos de su flamante esposo. El primer hijo estaba en camino, el trabajo en el buffet le estaba yendo de maravilla, podía decirse que le estaba yendo bien en la vida, que ésta le sonreía tal vez por que se había portado bien. Eran días demasiado felices como para compararlos con otros, sus seres más queridos compartían con él esos momentos. Nació su hijo y lo llamó como su padre, a su abuela le dijo que no se entristeciera por que si tenía una niña se llamaría como ella, contentándola.



Los días carecían de sombras y deseaba que todo siguiese igual, pero un día la felicidad tuvo que detenerse. La abuela enfermó seriamente. Nuevamente la escena se repetía como en su sueño hace ya muchos años y una vez más encontrábase postrado a los pies de su cama, en el mismo hospital, llorando desconsoladamente como un niño, como el adolescente que soñó tan aterradora pesadilla hace tanto tiempo. Frederic cogió su mano delicadamente, dijo:

- Por favor abuela no te mueras. Sé que esta etapa es inevitable pero no quiero que te vayas. No quiero¡¡

La abuela quien estaba en una especie de sueño salió especialmente de el para consolar nuevamente como muchas otras veces ya a su amado nieto.

-Lo siento Friedrich. Tendrás que dejarme ir esta vez. Ningún lindo sueño siquiera es para siempre. Recuerda que siempre te amaré.—Con un leve suspiro, expiró.



Frederic se inundó en el llanto. El momento que más temía había llegado, sabía que la muerte luego llamaría a su padre, sabía que era cruel y lo seguiría a cualquier lugar a donde fuese. Sabía que no habría alternativa más que la de seguir viviendo con resignación. Un fuerte dolor que le parecía conocido le entró en el pecho y se aletargó precipitándose al piso.



Cuando despertó nuevamente la atmósfera olía a aséptico, una luz brillante enceguecía sus ojos, una voz carrasposa, entrada en años se dirigía hacía él:

-Señor Mahler, señor Mahler, no vuelva a dormir. Despierte!!



Frederic sentía la lengua como congelada, adormecida, a duras penas pudo emitir sonidos y balbuceos rudimentarios que apenas y pronunciaba, su cuerpo intentaba movimientos desesperados que su cuerpo no obedecían. Intentaba hacerse entender sobre lo que había sucedido, contestándole la misma voz:

- ¡¡Señor Mahler, Señor Mahler, acaba usted de despertar de un coma de veinticinco años!! ¡¡Es un milagro!! ¡¡Es un milagro!!



Otros médicos y varias enfermeras sólo veían sorprendidas tan conmovedor caso, mientras afuera, el sol comenzaba a nacer.





05:04 PM 6-12-03

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